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Síndrome de la preparación para el fracaso: ¿Cómo evitarlo?

Cuando un colaborador talentoso de tu equipo empieza a estancarse de repente, podrías pensar: “¿Qué le pasa?”.

Quizá sin darte cuenta hayas caído en el síndrome de la preparación para el fracaso.

 

Es una dinámica donde el líder, tras un tropiezo inicial del empleado, lo controla tanto que arruina su motivación. En el proceso, el colaborador pierde confianza, deja de atreverse y termina cumpliendo el rol que el jefe ya había “decidido” para él.

 

En este artículo entenderás en detalle cómo surge este fenómeno, sus costos ocultos y las claves para revertirlo. Aprenderás a proteger el desempeño de tu equipo con estrategias de liderazgo efectivo, feedback continuo y herramientas inteligentes

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¿Qué es el síndrome de preparación para el fracaso?

Imagina a Juan, un talentoso analista que cumple bien, hasta que un día incumple un plazo. Su jefe, Jorge, piensa que Juan “no da la talla” y comienza a supervisarlo minuto a minuto. Lo inunda de instrucciones, lo cuestiona en cada paso y apenas le da espacio para actuar.

 

Aunque con buena intención, ese exceso de control mina la autonomía de Juan. Con el tiempo, Juan se vuelve pasivo: ya ni propone ideas ni responde proactivamente. Este es el síndrome de preparación para el fracaso (también llamado “set-up-to-fail”): cuando el jefe, sin querer, “prepara” al empleado para fracasar.

En otras palabras, un pequeño error inicial o un prejuicio desencadena una profecía autocumplida. El trabajador, sintiéndose observado y desconfiado, deja de innovar y solo cumple lo básico. De este modo confirma sin saber la mala impresión que el líder ya tenía de él.

 

Mientras tanto, otros colaboradores «preferidos» del mismo jefe florecen porque reciben confianza y tareas retadoras. La comparación entre “ganadores” y “perdedores” no refleja tanto el talento real sino los sesgos y expectativas iniciales del líder.

El síndrome empieza con un gatillo simple: un plazo incumplido o un estilo personal fuera de lo común. El jefe enfoca más atención en ese empleado para ‘ayudarlo’, pero en realidad le quita confianza y autonomía. Al final, el trabajador se vuelve pasivo y su rendimiento baja, confirmando al jefe que sus sospechas eran correctas.

¿Cómo se inicia y evoluciona?

El proceso suele seguir estos pasos:

  • Gatillo inicial: Un pequeño error, una evaluación discreta o incluso un aspecto personal (por ejemplo, un estilo demasiado relajado) enciende la chispa. El jefe preconcibe al colaborador como “débil” o de bajo rendimiento.
     

  • Vigilancia excesiva: Creyendo ayudar, el líder comienza a supervisar obsesivamente. Pide reportes continuos, corrige detalles constantes y restringe la toma de decisiones.
     

  • Pérdida de confianza: Bajo ese ambiente de control, el empleado pierde su sentido de “maestría” sobre el trabajo. Siente que cada paso está sujeto a juicio. Su autoestima y autonomía se ven mermadas.
     

  • Pasividad creciente: El trabajador se retrae. Deja de proponer soluciones, se limita a tareas mínimas y evita pedir ayuda. Camina con cuidado para no equivocarse aún más.
     

  • Profecía cumplida: Este cambio de actitud confirma al líder que “era cierto” lo que pensaba. El empleado pasa a formar parte del “equipo B”, recibe tareas rutinarias o de poco impacto, y cualquier intento de mejora se ve como algo meramente administrativo.
     

Este ciclo refuerza las expectativas iniciales. Cada paso alimenta el anterior: cuanto más el líder vigila, más pasivo se vuelve el empleado; cuanto más pasivo, más confirma al jefe su prejuicio. Es un bucle muy perjudicial.

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Sesgos y dinámicas en juego

Detrás del síndrome operan varios sesgos cognitivos y creencias implícitas:

  • Sesgo de confirmación: Una vez que el líder tiene la primera impresión negativa, selecciona inconscientemente datos que la confirmen. Cada error o torpeza del empleado reafirma el juicio. Al mismo tiempo, se ignoran o minimizan las buenas acciones.
     

  • Atribuciones asimétricas: Los estudios de Manzoni y Barsoux (citados en HBR) muestran que los jefes atribuyen logros de los empleados “de bajo perfil” a la suerte o ayuda externa, mientras que sus fracasos los ven como culpa del trabajador. Para los empleados “estrella” ocurre lo contrario. Este doble rasero crea una brecha de trato: un pequeño tropiezo del etiquetado como “débil” se magnifica, mientras que sus aciertos se invisibilizan.
     

  • Estereotipos y prejuicios: Diferentes normas aplicadas según género, edad o cultura alimentan el síndrome. Por ejemplo, un jefe puede esperar menos iniciativa de las mujeres por prejuicio, o asumir que un empleado joven “no está listo”. HBR alerta que criterios vagos en evaluaciones de desempeño facilitan que entren en juego estereotipos de género y raza, lo cual puede encajar con este síndrome.
     

  • Efecto halo inverso: Si un líder ya considera a alguien de mediano nivel, tenderá a resaltar cualquier fallo menor como prueba de incompetencia.
     

  • Desigualdad en recursos: Al focalizar recursos (tiempo, formación, oportunidades) en el “preferido”, se dejan de lado a los demás. Esto es justo lo contrario de la equidad, y profundiza la creencia de que “no vale la pena invertir” en el subordinado etiquetado.
     

En resumen, las percepciones iniciales del líder tienen mucho peso. Una vez que etiquetamos a un colaborador de “ganador” o “perdedor”, nuestros sesgos hacen que detectemos solo lo que confirma esa visión. En palabras de la investigación: “estos categorizaciones tienen menos que ver con el desempeño real y más con los sesgos personales del jefe”.

Reacciones de los empleados y costos para la empresa

Las consecuencias del síndrome son graves para todos:

  • Empleados pasivos y desmotivados: La persona objetivo del síndrome suele retractarse: “deja de ofrecer ideas, evita hablar con su jefe y a menudo se vuelve a la defensiva”k. El ambiente de presión genera estrés, desconfianza y culpa. Es común que surja el síndrome del impostor: el empleado siente que nunca merecerá la confianza del líder.
     

  • Pérdida de talento: HBR advierte que las revisiones injustas empujan a los mejores empleados a renunciar. Si el colaborador percibe que es tratado de forma arbitraria, buscará una empresa donde sí confíen en él. En la práctica se suele perder capital humano valioso.
     

  • Costos emocionales y reputacionales: Los compañeros observan el trato desfavorable. Se ve al jefe como poco empático e injusto, lo que daña su autoridad moral. La falta de diálogo abre brechas de comunicación y deteriora la confianza en toda la organización.
     

  • Desempeño subóptimo: La empresa no aprovecha el potencial completo de su fuerza laboral. Equipos enteros pueden volverse complacientes. Gallup informa que solo el 21% de los trabajadores mundiales está comprometido con su trabajo, y la desmotivación resultante le costó a la economía global unos 438.000 millones de dólares en 2024. McKinsey agrega que en EE. UU. los empleados “activamente desconectados” pierden entre 450 y 550 mil millones de dólares anuales en productividad.
     

  • Deterioro del trabajo en equipo: Mientras un empleado es sobrecontrolado, otros suelen verse sobrecargados para compensar. Según [15], el espíritu de equipo se arruina: los “objetivos débiles” quedan alienados y los “fuertes” sobrecargadosk. La colaboración deja de fluir porque reina la desconfianza.
     

En resumen, todo el ciclo le cuesta caro a la empresa: baja productividad, rotación y clima laboral deteriorado. Además, el propio gerente pierde energía preocupándose por un solo caso, en lugar de atender otras áreask.

¿Estás apagando talento sin darte cuenta?

Estrategias para revertir o prevenir el síndrome

Por fortuna, es más fácil prevenir el síndrome que corregirlo una vez arraigado. Aquí algunas acciones clave para líderes y equipos:

1. Establecer expectativas claras desde el inicio

  • Comunicación transparente: Al contratar o integrar un colaborador nuevo, define desde el primer día qué se espera de él. Aclara objetivos, tareas y niveles de autonomía. Si las metas son claras, habrá menos lugar para malentendidos.
     

  • Revisiones periódicas: En lugar de esperar hasta la evaluación anual, mantén conversaciones regulares sobre desempeño. Usa feedback continuo para corregir el rumbo a tiempo. Un gerente debe monitorear resultados, no personas. Pregúntate siempre: “¿Qué hechos respaldan mi evaluación? ¿Hemos conversado esto antes con el empleado?”.
     

  • Romper prejuicios: Desafía tus propias suposiciones. Si sientes que “este colaborador nunca va a entregar”, pregúntate por qué. ¿Le di todas las herramientas? ¿He definido bien las prioridades? Manzoni y Barsoux aconsejan cuestionar constantemente nuestras ideas sobre cada empleado.

2. Fomentar una cultura de retroalimentación y diálogo abierto

  • Feedback constructivo: Asegúrate de dar retroalimentación basada en hechos, no en corazonadas. El líder debe equilibrar críticas con reconocimiento de logros concretos.
     

  • Espacio seguro: Invita al equipo a expresar dificultades. Un buen líder pregunta: “¿Qué necesitas para hacerlo mejor?” en lugar de dar por hecho que la falla es culpa exclusiva del empleado. Propicia reuniones en las que el colaborador se sienta cómodo admitiendo errores o dudas sin temor al castigo inmediato.
     

  • Entrenamiento del manager: Los mandos intermedios raramente son promovidos por sus habilidades de coaching, así que dales formación. Programas de liderazgo, talleres de comunicación y gestión de conflictos les ayudarán a manejar situaciones delicadas sin volverse autoritarios. Un estudio indica que las relaciones laborales explican el 39% de la satisfacción de un empleado, ¡y el 86% de esa satisfacción depende directamente del gerente!. Capacitar a los gerentes en esas competencias puede cambiar radicalmente la dinámica.

3. Intervenir oportunamente si el problema ya surgió

Si notas que el ciclo ya se inició (poco compromiso, quejas, descenso de rendimiento), es momento de actuar:

  • Dialogar en un ambiente neutral: Programa una reunión informal, lejos de la presión del día a día. Usa un tono colaborativo, no acusatorio. El artículo de HBR recomienda empezar reconociendo tu parte en la tensión: “Hablemos de nuestra relación y roles”k.
     

  • Revisar fortalezas y debilidades juntos: Pide al empleado que aporte su visión. Enumera hechos objetivos (resultados, comportamientos) para acordar dónde están las brechas. Según [31], lo ideal es apoyarse en datos y no en impresiones vagask.
     

  • Buscar causas reales: Pregunta abiertamente por qué ocurren ciertas debilidades. ¿Falta de recursos, de capacitación, desalineación de objetivos, estrés personal? Una pregunta clave sugerida es: “¿Cómo podría yo estar contribuyendo a este problema?”. Esto abre la puerta a entender fallas de comunicación o procesos.
     

  • Definir un plan de mejora conjunto: Establece acciones concretas: entrenamiento específico, rotación de tareas, delegar más responsabilidad gradualmente, o ajustar niveles de supervisión. Por ejemplo, decidir si dar al empleado más autonomía en cierta tarea o acompañarlo más de cerca. El objetivo es sacarlo del estancamiento, no dejarlo en el limbo.
     

  • Comprometerse a la comunicación continua: Pide a tu colaborador señales tempranas si algo no está claro. Como sugiere la guía, acuerden frases clave: “La próxima vez que percibas que tengo poca confianza en ti, ¿puedes decírmelo de inmediato?”. Este tipo de pacto rompe la cadena de silencio y previene malentendidos.

4. Aprovechar herramientas tecnológicas (IA y datos)

El uso de tecnología de gestión del desempeño puede ser un gran aliado para eliminar sesgos y detectar problemas a tiempo. Por ejemplo, la plataforma TRAKER ofrece soluciones basadas en IA que abordan varias de las raíces del síndrome:

  • Feedback continuo y calibración automática: TRAKER analiza la calidad, frecuencia y tono del feedback que se da al equipo. Su IA sugiere mejoras, asegurando que cada comentario sea constructivo. Además, calibra las evaluaciones: detecta inconsistencias entre evaluadores y propone ajustes justificados, de modo que las revisiones sean más justas y comparables. Esto reduce el riesgo de sesgos implícitos que pueden desmotivar a alguien sin razón objetiva.

  • Evaluaciones 360° y alertas tempranas: Con TRAKER puedes implementar evaluaciones anuales, semestrales o contínuas. La IA incluso detecta estancamientos en tiempo real y activa alertas preventivas. Así, si un colaborador deja de participar o baja su ritmo, la plataforma lo señala inmediatamente. No hay “sorpresas” en la revisión de fin de ciclo, porque ves en el dashboard que algo sucede en cualquier momento.

  • Planes de desarrollo personalizados: La herramienta genera planes de acción individualizados con IA, basados en las competencias y metas de cada persona. Si al evaluar se detecta una brecha de habilidades, el sistema sugiere qué capacitación o proyecto nuevo encajaría para cubrirla. Esto transforma al plan de desarrollo de un mero documento olvidado en una guía activa y relevante para el empleado.
     

  • Matriz Ninebox (Potencial vs Desempeño): TRAKER integra una matriz Ninebox que cruza desempeño y potencial. Con IA, agrupa colaboradores comparables y ubica a cada uno en el cuadrante correspondiente. Esto ayuda a identificar con claridad quién puede crecer o liderar en el futuro y quién necesita apoyo adicional. Así, ya no basas la visión de un empleado en impresiones subjetivas, sino en datos analíticos de desempeño real y potencial.
     

En resumen, estas soluciones tecnológicas no eliminan al líder humano del proceso, pero sí aportan objetividad. En palabras del equipo de Traker: “Nuestra plataforma une todo en un solo flujo claro, automatizado y sin pasos extra”. La ciencia de datos y la IA permiten que cada evaluación deje de ser una «lotería» de opiniones y pase a ser un proceso justo, ágil y centrado en el crecimiento de las personas.

Preguntas frecuentes

¿Qué señales me alertan de este síndrome?

Si notas que un colaborador sufre un cambio brusco (pasó de proactivo a pasivo) tras un incidente, o que el jefe lo controla excesivamente (revisa todo, no delega), son señales. También presta atención a quejas de falta de autonomía o a rumores de que “no lo dejan hacer nada”.
 

¿Es culpa del empleado o del líder?

Principalmente del líder y del sistema. El empleado reacciona a un entorno que percibe como de poca confianza. El real responsable es el proceso de gestión: identificar errores y luego agobiar al trabajador en vez de apoyarlo.
 

¿Cómo puede cambiar el jefe su actitud?

Reflexionando y buscando feedback externo. A veces un coach o mentor puede ayudar al líder a reconocer este patrón. Lo primero es aceptar que quizá sobrevaloró sus sospechas y darle al empleado una “oportunidad justa”: más autonomía, objetivos retadores, etc.
 

¿Qué rol juega la cultura organizacional?

Mucho. Empresas con prácticas de feedback continuas, transparencia de metas y formación a gerentes tienden a evitar estos problemas. Una política de performance management clara reduce la arbitrariedad.
 

¿Puede un compañero ayudar?

Sí. Un colega que observe favoritismos puede intervenir con empatía: ofrecer su ayuda al colaborador objetivo, recordarle sus logros o incluso conversar con el líder (con tacto) para comentarle cómo ve la situación. A veces, abrir los ojos al manager viene de un tercero de confianza.
 

¿Cómo prevenirlo a largo plazo?

Fomentando la equidad: todos los empleados deberían tener acceso a capacitación, proyectos interesantes y reconocimientos. Refuerza la cultura donde los errores se vean como oportunidades de aprendizaje, no como pruebas de ineptitud. Invierte en formarte tú mismo para dar un feedback equilibrado y pide siempre datos concretos antes de sacar conclusiones.

Conclusión

El síndrome de preparación para el fracaso se alimenta de la desconfianza y los prejuicios en la gestión. Pero la buena noticia es que no es un destino inevitable. Con empatía, honestidad y las herramientas adecuadas, cualquier líder puede darle la vuelta a la situación. Cuando conviertes el desempeño en un diálogo continuo en lugar de un juicio final, recuperas la confianza de tu equipo. Cada empleado se siente motivado cuando sabe que su jefe cree en él y le proporciona las herramientas para crecer.

Empieza hoy: revisa tus últimas conversaciones con el equipo. ¿Fueron claras y constructivas? ¿Les dejaste espacio para equivocarse y aprender? Incentiva la colaboración recordando que el compromiso de cada uno impulsa los resultados de todos. Y si quieres apoyo, recuerda que existen soluciones avanzadas. Por ejemplo, la plataforma TRAKER potencia la gestión del desempeño con IA: desde retroalimentación continua hasta planes personalizados y alertas tempranas. Esto te libera de adivinar y te permite enfocarte en inspirar.

¡No permitas que un malentendido convierta a un “potencial líder” en un trabajador resignado! Tú tienes la llave para cambiar la historia: comunica con empatía, desafía tus prejuicios y acompaña a tu gente en su crecimiento. Así, en lugar de preparar a alguien para el fracaso, prepararás a tu equipo para el éxito.

Actúa ahora: revisa los pasos clave y considera cómo implementarlos en tu empresa. Tu liderazgo puede evitar esta trampa y transformar la motivación de tu equipo. Con determinación y los recursos adecuados, convertirás cada tropiezo en un impulso hacia adelante. ¡Tu equipo y tu empresa lo agradecerán!

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